Diez mil mentiras en ochocientos días / En opinión de Martín Casillas de Alba

Redacción MXPolítico.– Cuando nos enteramos que el Presidente de los Estados Unidos de Norteamérica ha dicho 10,111 mentiras en 828 días, nos preguntamos: ¿cómo es que una sociedad como esa tolera ser gobernada por un enfermo mental como resulta que es el tal Trump?

Glenn Kessler, periodista de The Washington Post, ha seguido en detalle la numeralia de las mentiras y reporta lo siguiente: ha faltado a la verdad en público 12 veces al día, 85 veces a la semana, 370 al mes y, en el ámbito de los discursos oficiales ha dicho 999 mentiras, en mítines 2,217 y en tuits 1,803. Falta actualizar la información en ascenso si le sumamos las 171 mentiras en la entrevista que dio en abril a la cadena Fox y las que ha dicho en relación a la declaración conjunta con México.

Andrea Aguilar se pregunta si “¿Sirve de algo verificar las mentiras de Trump?”, como lo publica en Ideas de El País (9.6.19).

A pesar de que las cifras son impresionantes, resulta que no pasa nada, nadie ha hecho algo que puedan poner en el banco de los acusados a este mitómano que ha producido un caos tal que parece que el mundo esta de cabeza.

Es un obsesivo de los embustes pero, sus seguidores lo aceptan y lo que él dice, ellos creen que es cierto. Son fanáticos, como los que Amos Oz conoció en su vida: locos desvergonzados que aceptan sin juicio lo que diga o haga su ídolo, como lo explica en Contra el fanatismo, (Siruela, 2002) y en Queridos fanáticos (Siruela, 2011) donde dice que la actual crisis se debe a la vieja lucha entre fanatismo y pragmatismo que niega ser tolerante y plural, un fanatismo que “impide la autocrítica, el intercambio de ideas y principios, que actúa contra unas víctimas inocentes con cierta alevosía y ventaja.”

De niños descubrimos el beneficio de la mentira en el momento que nos damos cuenta que somos diferentes al otro y que cada quien reacciona a su manera: la mentira se origina cuando anticipamos la reacción del otro sobre lo que digamos y nos damos cuenta que, con eso que le decimos, lo podemos manipular: sobretodo si lo que le digo es lo que é l quiere escuchar: “¡Metí el gol de la victoria!”, y la madre feliz lo felicita, sin saber que se había quedado en la banca durante el partido.

El mitómano es un narcisista con baja autoestima que no tolera sus deficiencias en público, el mismo que de niño sólo habla de lo que a él le interesa sin importarle lo que los demás platican. Se queda solo: sus ‘amigos’ le sacan la vuelta y así se dibuja el perímetro superior del círculo vicioso: me quedo sólo y me invento un mundo en donde sólo sucede lo que se me ocurra...

Un mitómano miente cuando se siente acorralado aunque, con el tiempo, las mentiras van cobrando más fuerza que la verdad y las historias inventadas se colocan en la posición del éxito hasta que llega a creer que sus historias son la realidad real.

Trump asegura que los medios son falsos porque él dice que publican cosas falsas, en cambio, lo que él dice es lo cierto y tiene el descaro de asegurarlo. Busca que lo admiren y, por eso, aparenta ser más de lo que realmente es, tal como lo vemos pavoneándose una hora en el escenario tal como se comporta en los mítines, feliz de recibir el aplauso y la aprobación de sus fans.

Disfrutamos al mitómano que inventó Juan Ruiz de Alarcón en La verdad sospechosa (1619), el joven don García cuya ‘realidad’ es grandilocuente y no tiene miedo que lo descubran porque siempre tiene una carta escondida en la manga, aunque al final sale perdiendo.

Me pregunto si alguien en ese país del Norte puede hacer algo para que el mitómano renuncie. Mientras, sus mentiras aumentan a una velocidad de 370 por mes.  

 

Autor: Martín Casillas de Alba 

 

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