Leer o no leer / En opinión de Fabrizio Mejía Madrid

Redacción MX Político.- No hacerlo fue considerado un pecado por los monjes del siglo V. En Acerca de la superioridad de los monjes, San Nilo, quien vivía como asceta leyendo, copiando y escribiendo en su monasterio del Sinaí, habla de la “acedia”, una apatía que impedía a los monjes leer o rezar:

“Cuando el monje, atacado por la acedia, intenta leer, inquieto, interrumpe la lectura y, un minuto después, se sumerge en el sueño; se talla el rostro con las manos, extiende sus dedos y lee algunas líneas más, mascullando el final de cada palabra que lee y, mientras tanto, llena su cabeza con cálculos ociosos: el número de páginas que le restan por leer y las hojas de los cuadernos por llenar. Comienza a odiar las letras y las hermosas miniaturas que tiene ante sus ojos hasta que, por fin, cierra el libro y lo utiliza de almohada para su cabeza, cayendo en un sueño breve y profundo”.

Una generación antes, otro monje, Juan Casiano, había clasificado la acedia como “el demonio del mediodía” y Santo Tomás la definió como “una fuga de lo divino a la que no le importa que no le importe”. Demonio y pecado capital –se transformaría en “pereza”–, la acedia la vivimos cuando no logramos leer, ni concentrarnos, y el libro se nos cierra al quedarnos dormidos. 

Cuando hablamos hoy de la lectura como un componente de la identidad –nos enriquece, nos hace más diversos, nos “concientiza”, “ciudadaniza”– están todavía presentes los demonios, las culpas y la pérdida imperdonable de lo divino. Que no te importe que no te importe lo importante. Pero, ¿qué es leer y no leer? Leer es descifrar una secuencia lineal de signos. En ella intervienen los ojos y una voz dentro de nuestras cabezas que escuchamos leyendo y otra que, al avanzar en la lectura, crea un sentido. No leer es estar afuera de esa secuencia lineal. Los analfabetos reconocen las letras como dibujos de grafías, pero no los logran articular para que tengan un sentido. El momento en que de niños logramos por primera vez juntar las letras con sonidos de la voz interior en un sentido es uno de los momentos milagrosos de toda existencia. Por ello le estaré eternamente agradecido a Mafalda. 

Los cambios que ha tenido la lectura no son muchos. A pesar de que ahora se nos dice que las abreviaturas de los mensajes de texto por teléfono son una nueva forma de escribir, no lo son de la lectura: nuestra cabeza sigue llenando las letras omitidas. La lectura sigue siendo lineal y, no obstante los esfuerzos tecnológicos, no es simultánea. Llenar una página con “vínculos” o imágenes no es muy distinto de las ilustraciones de los libros de la Edad Media. Y, ahora, se dice “escrolear” (de “rollo” o figura en espiral en inglés) al acto de pasar de arriba a abajo en una página de Internet, como un papiro inmaterial. 

Lo que ha cambiado es la forma de nuestra atención. Ahora vamos de un texto a otro, que se interrumpen o completan entre ellos, desviando la atención fija y continua, que era la disposición, incluso corporal, de los monjes del siglo V. La idea de estar absorto en la lectura nos trajo ideas de soledad robinsonianas. La pregunta de cuál libro te llevarías a una isla desierta da cuenta de ese imaginario de leer en absoluta soledad, acompañado sólo por las voces en tu cabeza. 

Pero ese momento, el de la lectura silenciosa que abre una conexión cerebral distinta a la de la voz alta, sí tiene una historia. En un inicio, muy pocos lectores sabían leer sin articular sonidos –lo sabemos por Aristóteles– y tuvo que pasar mucho tiempo para que ese tipo de lectura misteriosa para el común de los letrados impusiera la separación de palabras, las minúsculas, los acentos, las comas y los párrafos. Los rollos de texto antes y los primeros codex (libros) eran continuos, sin separaciones para la lectura silenciosa, todo en mayúsculas. Estaban hechos para la lectura en voz alta, que era una forma de sociabilidad que ya no conocemos hoy más que en la niñez: leerle a quien no sabe hacerlo. Leer en voz alta era prácticamente interpretar una partitura musical en la que el texto sólo era la guía para modulaciones, cadencias y gestos que provenían del teatro. Con las dos manos ocupadas en desenrollarlo, el texto está hecho para el oído. Sacarle la voz al texto es lo que seguimos haciendo cuando leemos. Lo que cambió definitivamente fue el acto social en uno íntimo. Queda la lectura en voz alta para cuando un autor quiere enseñarles a sus pobres amigos cómo va su novela en proceso o para el corrector de erratas que quiere “contraprobar” el original con la última versión antes de imprimirse. Los lectores en voz alta nunca fueron los ricos, sino sus esclavos. Augusto tenía cuatro para que le leyeran, sobre todo, manuales de retórica y noticias. La distinción que ahora hacemos entre la gente que sabe leer en silencio y la que emite sonidos, como en la antigua Roma, no tenía que ver con el grado de escolaridad o sofisticación académica. Ahora, leer en silencio es una experiencia con uno mismo, quizás por eso la asociamos a ser mejores o distintos. Pero queda el vórtice de su origen: si leemos algo que nos impacta, tenemos la urgencia inaplazable de comentárselo y recomendárselo a alguien más. O de leérselo en voz alta.

No leer por falta de concentración, acedia, o porque lo demás lo distrae a uno, nos acarrea culpa. Eso tiene que ver con que, en las tradiciones religiosas, leer es saber leer el mundo. Como libro, el cosmos es una creación de la Alta Edad Media: se descifra porque contiene un sentido. Para los cristianos y los judíos eran los nombres de la divinidad. No saber leer era como darle la espalda a Dios. La experiencia de la lectura es que el libro o el cosmos no deciden cómo se les lee. Eso depende del lector y, por eso, perder el hilo de una narración, o no poder desentrañar lo inteligible, es perder el sentido. La locura y la credulidad de lo que se lee están presentes en personajes como El Quijote o Madame Bovary. La lectura está asociada a la locura porque es una deriva, porque nuestras propias voces interiores pueden perderse entre las letras. Y es que la lectura en silencio, íntima, es una experiencia tan o más vívida que la del cuerpo. Leer es experimentar, sobre todo cuando no hay afuera un mundo que nos interrumpa. A eso se refiere Julio Cortázar en “Continuidad de los parques”, un cuento en el que un lector lee sobre un asesino que acecha sin darse cuenta de que el asesino lo va a sorprender mientras está absorto leyendo. El lector del cuento se sobresalta cuando se da cuenta de que lo mismo pudo ocurrirle a él mientras leía el cuento de Cortázar.

La continuidad es la marca de la lectura: entre la voz del narrador y la de uno, interna, entre lo que nos transmite como experiencia mientras sentimos que nos ocurre a nosotros. Esa comunión entre voces, la escrita y la leída, es única. No existe fuera de la escritura leída en silencio. De esa divinidad es de la que nos perdemos cuando nos tienta el “demonio del mediodía”.

Pero, ¿qué hay en esa comunión única entre lo escrito y lo leído? El cabalista Gershom Scholem nos da una clave en una parábola que dice:

“Cuando el fundador del judaísmo debía resolver una tarea difícil, iba a un determinado punto en el bosque, encendía un fuego, pronunciaba las oraciones y aquello que quería se realizaba. Cuando una generación después, otro rabino se encontró en la misma situación, se dirigió al mismo punto en el bosque y se dijo: ‘No sabemos ya encender el fuego, pero podemos pronunciar las oraciones’, y todo ocurrió conforme a sus deseos. Otra generación posterior (los rabinos) se encontraron con el mismo problema. Fueron al bosque y dijeron: ‘No sabemos ya encender el fuego, no sabemos pronunciar las oraciones, pero conocemos el lugar del bosque y eso debe ser suficiente’. Y, en efecto, fue suficiente. Pero, cuando transcurrida otra generación, el último rabino de esta historia permaneció inmóvil en su castillo, sentado en su trono dorado, diciéndose: ‘No sabemos ya encender el fuego, no somos capaces de recitar las oraciones y no conocemos siquiera el lugar en el bosque. Pero, de todo ello, podemos contar la historia’. Y, una vez más, con eso fue suficiente.”

La comunión contiene, pues, la historia de esa pérdida. El relato de cómo se perdió el fuego. Es por eso que todo texto deriva del misterio que, al presentarse, queda compartido. 

Fabrizio Mejía Madrid 
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